miércoles, 21 de octubre de 2026

Nuevo número de Evidencias en Pediatría: septiembre 2026

 

Un nuevo número trimestral de la revista Evidencias en Pediatría ha llegado: ciencia con calidad y conciencia. 

El número libre en todos sus contenidos pueden ser consultados en este enlace, pero os dejamos los temas tratados. 

Editoriales: 

Optimización y responsabilidad en las pruebas de imagen infantiles 

Artículos Valorados Críticamente: 

Cuando el efecto del etiquetado supera al del fármaco (mebeverina) en el trastorno gastrointestinal funcional 

La apendicectomía es superior al tratamiento antibiótico exclusivo en la apendicitis aguda no complicada en niños 

Análogos del receptor del péptido similar al glucagón 1: beneficios a corto plazo con pocos datos sobre seguridad 

La administración masiva de azitromicina a lactantes de 1 a 11 meses en Mali no redujo la mortalidad 

Corticoides orales en exacerbaciones asmáticas: sin diferencias entre pautas 

Poseer teléfono móvil en la adolescencia temprana se asocia con mayor riesgo de depresión, obesidad y sueño insuficiente 

Inmunoterapia oral con insulina para prevenir la diabetes tipo 1: la eterna promesa 

Disruptores endocrinos y malformaciones congénitas: una asociación sugerente, pero con evidencia limitada 

¿Podemos cuantificar el riesgo de neoplasias relacionadas con pruebas de imagen? 

Fundamentos de Medicina Basada en la Evidencia: 

Principales algoritmos de aprendizaje automático. Parte 3 

Apunte metodológico: 

Cómo se interpreta un metanálisis: conceptos básicos

lunes, 19 de octubre de 2026

La odisea del saber y evolución de la Universidad

 

Tras el colapso del Imperio Romano en el siglo V, la infraestructura del conocimiento en Occidente sufrió un desmantelamiento devastador. Las escuelas filosóficas fueron clausuradas, las bibliotecas terminaron saqueadas o desiertas, y el latín clásico comenzó a fragmentarse en dialectos vernáculos que paulatinamente darían origen al italiano, al francés y al español. Durante siglos, la preservación del saber antiguo sobrevivió en núcleos sumamente restringidos. El redescubrimiento y la recopilación sistemática de los textos clásicos actuarían, mucho tiempo después, como el catalizador determinante para el resurgimiento intelectual de Europa, transformando la traducción de obras olvidadas en la chispa que encendería la creación de una institución inédita en la historia humana: la universidad. 

Un hito decisivo en este despertar ocurrió en el año 1148, cuando Gerardo de Cremona llegó a la ciudad de Toledo con la deliberada misión de aprender árabe. Motivado por la búsqueda de tratados científicos y filosóficos que en la Europa continental se daban por perdidos, Gerardo dedicó el resto de su vida a traducir más de 70 obras fundamentales del árabe al latín, restituyendo al ámbito europeo textos capitales de Aristóteles, Euclides y Avicena. Este esfuerzo de traducción contrasta profundamente con la labor realizada en los monasterios benedictinos de la Alta Edad Media. En el ámbito monástico, los monjes practicaban un modelo de preservación pasiva, dedicando décadas a la copia manual de manuscritos en un acto de piedad devota, pero carente de debate institucional o cuestionamiento crítico; el conocimiento se conservaba intacto, pero se mantenía estático. 

Por el contrario, el mundo islámico experimentaba una efervescencia intelectual extraordinaria. En el siglo IX, Bagdad se consolidó como el epicentro del pensamiento global gracias a la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikma), una institución multidisciplinar financiada por el califato donde matemáticos, médicos, astrónomos y filósofos traducían e investigaban textos griegos, persas e indios. De este entorno surgieron aportaciones de vanguardia como el desarrollo del álgebra y los algoritmos. Mientras tanto, en la Europa del siglo IX, comenzaron a despuntar las escuelas catedralicias. Impulsadas por las diócesis para instruir en las siete artes liberales (enseñanza formal del Trivium y Quadrivium), estas instituciones representaron un avance innegable, aunque permanecieron bajo la tutela absoluta del obispo local. La autoridad episcopal determinaba de forma inapelable quién podía enseñar y qué doctrinas eran admisibles, expulsando a cualquier maestro que rozara la heterodoxia y careciendo de una estructura corporativa autónoma que ejerciera de escudo protector frente al poder eclesiástico. 

1. El nacimiento de las primeras Universidades (siglos XI-XIII)

La revitalización urbana de los siglos XI al XIII transformó a las ciudades medievales en centros neurálgicos de ebullición social y económica. En estas urbes florecieron los gremios artesanales y comerciales, asociaciones jurídicas autónomas creadas para defender los intereses corporativos de sus miembros frente a las exacciones de los señores feudales y las autoridades eclesiásticas locales. 

En el norte de Italia, la ciudad de Bolonia se convirtió en el polo de atracción para el estudio de la ciencia jurídica tras el hallazgo de copias del derecho romano. A finales del siglo XI, el maestro Irnerio revolucionó la pedagogía legal al abordar el Corpus Iuris Civilis del emperador Justiniano mediante la lectura analítica directa: leía el texto en voz alta y lo interpretaba línea por línea mediante comentarios y glosas. La masiva afluencia de estudiantes extranjeros, desprovistos de derechos ciudadanos y expuestos a abusos comerciales, cobros excesivos de alquileres y decisiones judiciales arbitrarias, impulsó a estos jóvenes a constituir asociaciones defensivas denominadas “nationes” (agrupadas según su origen geográfico, como los ultramontanos). Resulta revelador señalar que la “universitas” no nació como un ideal filosófico abstracto, sino como un verdadero sindicato medieval de estudiantes. 

Estas “nationes” ejercieron un poder contractual implacable sobre los profesores: negociaban colectivamente las tarifas, los festivos y el ritmo de las lecciones, imponiendo sanciones pecuniarias a los docentes que faltaban sin aviso o se retrasaban en el temario, e incluso decretando el boicot contra aquellos maestros que pretendían abandonar la ciudad sin autorización corporativa. Para consolidar este estatus, en 1158 el emperador Federico Barbarroja promulgó la Authentica Habita, una carta de protección imperial que garantizaba a los estudiantes extranjeros inmunidad jurisdiccional frente a abusos, prohibiendo expresamente su detención o embargo por deudas contraídas por sus compatriotas, y estableciendo que solo podían ser juzgados por sus propios maestros o por el obispo local. De esta Universitas Escolarum surgió la universidad como corporación con personería jurídica propia. 

Paralelamente, la Universidad de París emergió bajo una dinámica distinta, impulsada por la renovación dialéctica de pensadores como Pedro Abelardo a comienzos del siglo XII. Abelardo popularizó la “disputatio” y desafió la ciega sumisión a las autoridades en su obra “Sic et Non”, donde expuso 158 cuestiones teológicas acompañadas de dictámenes contradictorios de los Padres de la Iglesia sin resolverlas de manera explícita, incitando al juicio crítico del lector. Pese a las duras persecuciones del monje Bernardo de Claraval, el flujo de estudiantes hacia la Île de la Cité y el Barrio Latino —llamado así por el uso del latín como lengua franca entre alumnos y docentes de heterogénea procedencia— fue imparable. A finales del siglo XII, el Papa Inocencio III reconoció la Corporación de Maestros y Estudiantes de París; en 1210 el rey de Francia le otorgó privilegios legales, y en 1215 el cardenal legado Roberto de Courçon promulgó sus estatutos formales, consolidando un modelo donde el poder institucional residía en el cuerpo docente (Universitas Magistrorum) bajo la directa tutela pontificia. 

Por su parte, Oxford y Cambridge articularon un modelo marcadamente residencial. Oxford, que albergaba una comunidad académica incipiente, experimentó una expansión decisiva tras la crisis de 1209, cuando un choque violento entre la ciudadanía y los estudiantes provocó la dispersión del estudio y el éxodo de un grupo de académicos hacia Cambridge, donde fundaron su célebre institución. Oxford y Cambridge se distanciaron del continente mediante el desarrollo de colleges residenciales como University College (1249), Balliol College (década de 1260) y Merton College (1264). En estos recintos, maestros y alumnos compartían vida comunitaria, comedores y bibliotecas, vertebrando la instrucción a través de tutorías personalizadas. 

Y como no recordar a la Universidad de Salamanca, fundada en 1218 por el rey Alfonso IX de León como Studium Generale y confirmada posteriormente por Alfonso X, representa la gran incorporación peninsular a ese mapa europeo de los saberes. Su prestigio quedó reforzado cuando Alejandro IV le concedió en 1255 el privilegio de que sus grados fueran reconocidos en toda la cristiandad, salvo en París y Bolonia; además, autorizó el uso de sello propio. Con el tiempo, Salamanca se convirtió en el principal foco intelectual de los reinos hispánicos y, durante los siglos XV y XVI, en escenario de la llamada Escuela de Salamanca. 

Principales modelos institucionales medievales: 
• Modelo de Bolonia (Universitas Escolarum). El gobierno institucional pertenecía a la corporación de los estudiantes. Los alumnos extranjeros organizados en nationes contrataban a los docentes, estipulaban sus salarios, regulaban el calendario lectivo y sancionaban los incumplimientos académicos. Su eje vertebrador fue el Derecho Civil y Canónico. 
• Modelo de París (Universitas Magistrorum). El poder recaía en la corporación de los profesores, bajo la supervisión doctrinal del Papado y la corona francesa. Su centro de gravedad intelectual estuvo volcado hacia la Filosofía y la Teología. 
• Modelo de Oxford y Cambridge (Sistema residencial y tutorial). La estructura se organizó de forma descentralizada mediante colleges residenciales con autonomía propia. La formación descansaba en la convivencia continua y las tutorías individuales entre el maestro y el estudiante. 
• Modelo de Salamanca (Studium Generale de proyección regia y pontificia). Su configuración combinó la corporación de maestros y escolares con una tutela decisiva de la monarquía y del Papado. Su enseñanza se asentó en las Artes, el Derecho Civil y Canónico, la Medicina y la Teología; desde los siglos XV y XVI, alcanzó especial relieve por la Escuela de Salamanca y sus aportaciones a la teología moral, el derecho de gentes y la reflexión económica. 

2. Vida académica, metodología escolástica y la síntesis aristotélica 

La arquitectura del aprendizaje medieval se vertebró sobre un rigor metodológico orientado a disciplinar el razonamiento lógico. El trayecto educativo se dividía en las siete artes liberales. El primer ciclo, el Trivium, agrupaba las disciplinas del lenguaje y el pensamiento instrumental: gramática, lógica y retórica. Una vez superado este bloque, el estudiante accedía al Quadrivium, enfocado en las ciencias exactas y de la naturaleza: aritmética, geometría, música y astronomía. Quien completaba con éxito ambas etapas obtenía el grado de maestro en artes, título que facultaba para ingresar en las facultades superiores de Teología, Derecho o Medicina. 

La nomenclatura académica de este periodo refleja con precisión la naturaleza de sus funciones: 
• Doctor: proveniente del término latino “doctus” (que significa "enseñado" o "instruido"), designaba formalmente a la persona que había recibido la licencia para ejercer la docencia pública en la universidad (“licentia docendi”). 
• Bachelor (Bachiller): derivado de “bacalarius”, vocablo utilizado en el mundo medieval para designar tanto al joven aspirante a caballero que aún no poseía un dominio señorial como al estudiante que había superado las determinaciones básicas de las artes liberales pero continuaba su ciclo de formación superior. 

Los pilares de la instrucción universitaria eran la “lectio” y la “disputatio”. En la “lectio”, el catedrático leía en voz alta un texto canónico —habitualmente de Aristóteles o de sus comentadores árabes— y procedía a su análisis conceptual línea por línea. Dado que el coste de producción de un único manuscrito podía equivaler al precio de una propiedad modesta, la adquisición individual de libros resultaba inasumible para la mayoría de los estudiantes. Para remediar esta restricción económica, las universidades organizaron el sistema de la “pecia”: los manuscritos oficiales eran divididos en cuadernos o fascículos independientes que la institución alquilaba a los alumnos para que los copiaran de manera escalonada. Por su parte, la “disputatio” constituía un ejercicio de debate formalizado donde se enunciaba una tesis y los estudiantes debían refutarla o defenderla aplicando la silogística estricta. Este entrenamiento analítico representa el antecedente metodológico directo de la moderna defensa de la tesis doctoral. 

El horizonte conceptual de la universidad dio un vuelco decisivo con la llegada de las traducciones completas de la obra de Aristóteles desde Toledo, acompañadas por las glosas y comentarios de pensadores islámicos como Avicena y Averroes. El impacto de la física, la metafísica y la ética aristotélicas —sistemas analíticos fundamentados en la observación naturalista y la razón estricta sin recurrir a la revelación divina— sacudió los cimientos eclesiásticos, al punto de que en 1210 y 1213 la jerarquía episcopal prohibió la enseñanza de los libros naturales de Aristóteles en París. No obstante, la potencia explicativa de estos textos hizo inútil la censura. La gran resolución metodológica de esta tensión fue obra de Tomás de Aquino, fraile dominico y catedrático en París. En su monumental “Summa Theologiae”, Aquino articuló una síntesis escolástica estructurada bajo el formato de una “disputatio” continua, demostrando que la razón aristotélica y la fe revelada no eran contradictorias, sino vías complementarias para el conocimiento de la verdad. A partir de ese momento, Aristóteles pasó de ser considerado una amenaza doctrinal a constituir el pilar teológico de la academia medieval. 

3. Poder político, proliferación europea y exclusión institucional 

Entre la universidad y los poderes seculares y eclesiásticos se estableció una alianza simbiótica profundamente ambivalente. Los monarcas europeos comprendieron que la consolidación burocrática de sus reinos exigía cuadros técnicos capacitados en derecho, diplomacia y gestión pública. La universidad se transformó así en una auténtica fábrica de funcionarios. El estudio sistemático del Derecho Canónico —articulado en el “Decretum” redactado por el monje Graciano en Bolonia durante el siglo XII— y del Derecho Civil romanista proporcionó el marco normativo para la gobernanza de las cancillerías. Un testimonio supremo de esta dinámica fue el Papa Inocencio III, formado en Teología en París y en Derecho en Bolonia, cuya figura encarnó la convergencia entre erudición universitaria y ejercicio del poder político. 

A lo largo de los siglos XIII y XIV, el modelo universitario se expandió por el continente a través de fundaciones reales y bulas pontificias: 
- Nápoles (1224): primera universidad laica fundada por decreto estatal sin intervención eclesiástica; Federico II prohibió a sus súbditos estudiar fuera del reino para monopolizar el control de los funcionarios. 
- Montpellier (finales siglo XII): especialización médica de vanguardia, favorecida por la integración de textos y saberes árabes y judíos. 
- Padua (1222): desarrollo sobresaliente en Medicina y Filosofía Natural; foco de libertad intelectual renacentista. 
- Coimbra (1290): núcleo de la formación jurídica, administrativa y teológica del reino portugués. 
- Lérida (1297): primera fundación universitaria de la Corona de Aragón. 
- Praga (1348): primera universidad de Europa Central, concebida para competir con París y Oxford. 

Pese a esta notable expansión, la universidad medieval constituyó una institución rígidamente masculinizada. Salvo excepciones históricas extraordinarias —como Dorotea de Bucca, quien llegó a ejercer la cátedra de medicina y filosofía en la Universidad de Bolonia a comienzos del siglo XV—, las mujeres tenían vedado el acceso formal a las aulas y a la obtención de grados. Los canales de transmisión del saber femenino discurrieron por vías ajenas a la matriz corporativa universitaria, principalmente en el ámbito monástico. Figuras de la talla de Hildegarda de Bingen, monja benedictina del siglo XII que escribió tratados de botánica, medicina y teología, o Herrad de Landsberg, redactora de la enciclopedia ilustrada “Hortus Deliciarum”, desarrollaron un trabajo científico e intelectual al margen de una estructura universitaria que mantendría sus puertas cerradas a las mujeres hasta finales del siglo XIX y principios del XX. 

4. Conflictos, crisis demográficas y vida estudiantil 

La universidad medieval distó de ser un reducto de aislamiento pacífico o una torre de marfil ajena a las convulsiones de su tiempo. Constituyó, por el contrario, un entorno turbulento atravesado por querellas ideológicas, tensiones jurisdiccionales y catástrofes epidémicas. 

En el ámbito doctrinario, la búsqueda de autonomía científica chocó repetidamente con las autoridades eclesiásticas. En 1277, el obispo de París, Etienne Tempier, promulgó la condena formal de 219 proposiciones aristotélicas y averroístas que defendían el determinismo o la eternidad del mundo. Aunque esta medida pretendía frenar el avance del racionalismo radical, su resultado histórico fue paradójico: al decretar que la omnipotencia divina no estaba supeditada a las leyes físicas descritas por Aristóteles, la condena resquebrajó la autoridad incontestable de los textos clásicos y obligó a los sabios a observar la naturaleza directamente. En este ambiente de cuestionamiento, el fraile franciscano Roger Bacon, profesor en Oxford y París, postuló como axiomático que el conocimiento científico debía fundamentarse en la observación empírica, el cálculo y la experimentación directa, superando la sola apelación a la autoridad magistral. Por sostener estas tesis heterodoxas, Bacon fue juzgado y encarcelado por orden de su propia orden religiosa, lo que pone de manifiesto la severa resistencia institucional ante los balbuceos del método científico. 

A estas perturbaciones ideológicas se sumó la catástrofe demográfica de la Peste Negra en 1347. La pandemia erradicó entre un tercio y la mitad de la población europea en solo cuatro años, obligando al cierre temporal de las facultades por el deceso masivo de docentes y alumnos. No obstante, la crisis no destruyó la institución universitaria; al contrario, acentuó la necesidad social de graduados. Ante la mortalidad masiva del clero alfabético, los reinos y las ciudades recurrieron aceleradamente a laicos formados en las facultades de Derecho y Medicina para reorganizar la administración de bienes, gestionar los contenciosos sucesorios e implementar medidas de salud pública, consolidando al profesional universitario como una figura imprescindible del mapa social moderno. 

En el plano de la cotidianeidad, la convivencia universitaria estuvo marcada por una notable violencia urbana. Integrada por jóvenes de entre 14 y 25 años desplazados de sus hogares, la vida estudiantil registraba constantes altercados nocturnos, riñas de taberna y disputas armadas con la población local. Los propios estatutos de los colleges de Oxford incluyeron prohibiciones expresas contra el porte de armas, el juego de dados y la tenencia de aves de caza en los dormitorios. El conflicto más grave de la época derivó en la Huelga Universitaria de París de 1229: tras una trifulca en una taberna que culminó en una sangrienta represión por parte de la guardia real y la muerte de varios estudiantes, los profesores paralizaron las aulas y la corporación entera abandonó la ciudad. La huelga se prolongó durante dos años enteros, hasta que la corona francesa y el Papado cedieron ante las exigencias académicas, garantizando nuevos privilegios e inmunidades corporativas a la universidad. 

5. De la Revolución Científica a la redefinición moderna 

La transición hacia la Edad Moderna trajo consigo transformaciones tecnológicas e ideológicas que alteraron el cometido de la universidad. La invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg hacia 1455 provocó una disrupción radical en la producción del libro, abaratando los costes de los ejemplares y permitiendo que los estudiantes poseyeran textos propios en lugar de depender del sistema de alquiler de la “pecia”. Paralelamente, la caída de Constantinopla en 1453 propició la llegada a Italia de eruditos bizantinos, reintroduciendo el estudio directo del griego clásico y los escritos originales de Platón. 

En este marco renacentista, la Universidad de Padua se consagró como el gran laboratorio científico del continente. En 1537, el anatomista flamenco Andreas Vesalio asumió la cátedra de anatomía en Padua y comenzó a realizar disecciones directas de cadáveres humanos, corrigiendo en su célebre tratado “De Humani Corporis Fabrica” (1543) decenas de errores perpetuados durante trece siglos por la tradición galénica. Ese mismo año de 1543, Nicolás Copérnico —quien se había formado en Derecho en Bolonia y en Medicina en Padua— publicó “De Revolutionibus Orbium Coelestium”, formulando la teoría heliocéntrica. Décadas más tarde, Galileo Galilei impartió clases de matemáticas en Padua durante 18 años, encontrando en la República de Venecia —que ejercía la soberanía sobre la ciudad y mantenía una postura de firme independencia política frente a Roma— la protección institucional necesaria frente a las presiones de la Inquisición para desarrollar sus investigaciones sobre la mecánica moderna. 

La Reforma Protestante iniciada en 1517 por Martín Lutero —doctor en Teología y catedrático en la Universidad de Wittenberg— fragmentó confesionalmente a las instituciones universitarias. Mientras los centros alemanes e ingleses abrazaron la Reforma o sufrieron severas purgas confesionales, las universidades de España, Italia y Francia se erigieron en baluartes de la Contrarreforma católica. En Ginebra, Juan Calvino fundó su propia academia teológica en 1559. En este mismo siglo XVI, el modelo trasplantó sus estructuras al continente americano: la corona española impulsó la fundación de la Universidad de Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo (1538), seguida por la Real y Pontificia Universidad de México y la Universidad de San Marcos en Lima en 1551. En estas aulas americanas y en las de Salamanca, teólogos como Francisco de Vitoria sentaron los fundamentos del derecho internacional moderno al debatir los derechos jurídicos de las poblaciones indígenas. En el norte anglosajón, los colonos puritanos fundaron la Universidad de Harvard en 1636 como una réplica del modelo tutorial de Cambridge. 

A pesar de esta proyección global, el siglo XVIII trajo consigo una dura crítica ilustrada contra la esclerosis del método académico tradicional. En “La Riqueza de las Naciones”, Adam Smith denunció la mediocridad docente en Oxford, señalando que la percepción de salarios fijos desvinculados del rendimiento desincentivaba el esfuerzo de los profesores, mientras que Voltaire atacó la pervivencia de la escolástica dogmática en la facultad de teología de París. Esta desafección desembocó en la clausura y supresión temporal de las universidades francesas por la Convención Revolucionaria en 1793. 

La respuesta definitiva a esta crisis de legitimidad sobrevino con la refundación ideológica de la Universidad de Berlín en 1810, ideada por Wilhelm von Humboldt. El modelo humboldtiano introdujo un paradigma histórico: la unión indisoluble entre la docencia y la investigación activa (“Lehr- und Forschungseinheit”). El catedrático dejó de ser un mero repetidor de cánones heredados para convertirse en un investigador en activo que producía nuevo conocimiento junto a sus estudiantes en seminarios y laboratorios. Este principio de la universidad de investigación es el que rige hasta hoy en las instituciones de educación superior de todo el planeta. 

Ocho siglos después de que los estudiantes de Bolonia organizaran sus primeras “nationes” para defender sus derechos corporativos y los maestros de París debatieran en las plazas del Barrio Latino, la estructura esencial de la academia contemporánea sigue guardando una profunda fidelidad a sus orígenes. La lección magistral, el examen estandarizado, el debate formalizado y la defensa de una tesis ante un tribunal constituyen rituales seculares diseñados por la civilización occidental para organizar, preservar y expandir el conocimiento humano a través de las generaciones.



sábado, 17 de octubre de 2026

Cine y Pediatría (875) “La última película”, el Cinema Paradiso indio

 

En Cine y Pediatría ya hemos disfrutado de tres películas que funcionan como una “carta de amor” al cine, películas con continuas referencias cinematográficas que son como disfrutar de la historia del cine dentro del cine: Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), el ejemplo por excelencia, donde un cineasta recuerda su infancia y adolescencia en un pequeño pueblo siciliano y su amistad con Alfredo, el proyeccionista del cine local, allí donde hay continuas a los clásicos y a la nostalgia de una época en la que la sala era el corazón de la comunidad, incluida la censura de aquellos escenas de besos robados; La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), ambientada en el París de los años 30, sigue a un niño huérfano que vive en una estación de tren y descubre un misterio vinculado a un cineasta olvidado: la figura de Georges Méliès, en lo que es todo un tributo al cine mudo, a los pioneros y a la magia de los primeros trucos cinematográficos; Los Fabelman (Steven Spielberg, 2022), semibiografía de un joven Spielberg que descubre su vocación cinematográfica filmando con una cámara de 8 mm, una de las cartas de amor más personales y explícitas al cine como forma de entender la familia, el trauma y la propia identidad. Y a estas tres películas (una de Italia, otras dos de Estados Unidos), hoy se suma desde India (y desde Bollywood, la industria con mayor producción anual de películas del mundo) una más: La última película (Pan Nalin, 2021), en lo que se podría equiparar como el Cinema Paradiso indio y que alzara con la Espiga de oro a la mejor película en la Seminci de Valladolid, así como el ser seleccionada por la India como candidata al Óscar a Mejor Película Internacional.    

La última película se centra en Samay, un niño indio de 9 años, que descubre el cine por primera vez durante una sesión a la que acude con su familia, una película especial sobre la diosa Kali, Pero aquí ya le advierte su padre que será la última que pueda ir al cine, pues ese espectáculo no es para gente como ellos. Un encuentro con el séptimo arte que hará al joven centrar su vida alrededor del cine, en una historia que habla directamente de los sueños, de la inocencia de la juventud, la creatividad y de cómo las casualidades de la vida hacen que encuentres tu camino. 

“Samay” significa tiempo y es el nombre que le pusieron porque, cuando sus padres no tenían nada, solo tenían tiempo y le tuvieron a él. Y ahora vive con su familia (sus padres y una hermana menor) en Chalala, un pequeño municipio en el estado de Gujarat, donde su padre se gana la vida vendiendo té en una estación de tren abandonada. Y donde el tren estará muy presente en toda esta historia… Una historia en la Samay sale con la idea de que quiere ser director de cine. Pero el padre le reprime, diciéndole que ningún brahmán (miembro de la casta sacerdotal e intelectual más alta del hinduismo en la India, aunque a pesar de ello son de recursos humildes) hace algo tan vergonzoso: “El mundo del cine es vulgar y no sigue nuestros valores. Al final perderemos el honor”. 

Pero Samay sigue obsesionado con su propósito: se inventa historias con las cajas de cerillas con dibujo, juega con los colores de los cristales para distorsionar la realidad, sisa dinero a su padre, se escapa del colegio y va a al cine a escondidas, allí donde admira las películas de acción de aquel Bollywood en plena transición. Pero le descubren y su padre le recibe propinándole un castigo físico con moratones que el profesor detecta (y calla); el padre busca en su hijo que sea como el cartel sobre “Un niño ideal” que cuelga en casa y que Samay rompe… 

Pese a los castigos, insiste en escaparse al cine Galaxy… Le entusiasma el misterio de las luces que salen de la cabina del cine y que provocan las imágenes en pantalla. Finalmente conoce al proyeccionista, Fazal, quien le sube a la cabina del cine y le permite estar con él y ver las pelis (a cambio de la comida que Samaly le trae de casa). Y allí se fascina con todo tipo de historias y todo tipo de géneros… Y en su mente, comienza a idear formas de filmación. Fazal le explica así sobre cómo el ve el cine. “Bueno, se trata de contar una historia. Las películas y las historias mantienen una relación muy estrecha. De la misma forma que los políticos cuentas historias para ganar votos o los vendedores cuentan historias para vender, o los ricos cuentan historias para ocultar su dinero. El futuro pertenece a aquellos que cuentan historias. Al final, consiste en mentir”. Y este mensaje se entronca con el consejo de su profesor: “Si quieres llegar lejos en la vida, tienes que hacer dos cosas. Primero, aprender a hablar inglés lo antes posible. Y luego, hacer las maletas e irte”. 

Mientras aprende los misterios del cine, acaba por desmantelarse el antiguo cine Galaxy y su viejo proyector. Y llega la nueva tecnología: “Para usarlo hay que saber inglés”, le dice Fazal, quien va a perder su trabajo. Y se llevan los rollos de las viejas películas en un camión y los niños le persiguen en bicicletas. Y ven como destrozan todo para el desguace de la chatarrería… Porque cabe recordar que la historia se sitúa en los inicios de la década de 2010, un momento clave para las salas de cine tradicionales de su país, que vieron la transición tecnológica del formato analógico (los rollos de película de 35 mm) hacia el sistema de proyección digital. 

Samay sigue hipnotizado con el cine, por lo que cuando su padre le pregunta por qué quiere marcharse, esta es su respuesta: “Quiero estudiar la luz. Quiero aprender sobre ella. Porque con la luz se crean historias, Y con las historias, las películas”. Y con el tren termina, ese símbolo de cambio y de partida, de futuro en otro lugar. Y en las pulseras de las chicas del tren recuerda a un buen número de directores, actores y actrices de Bollywood, esa máquina de sueños, a los que luego se suman los de Hollywood, Nollywood y todo el mundo. Y con ese final finaliza esta película en buena medida autobiográfica, porque Pan Nalin creció en esa misma región, hablaba gujarati (idioma en el que está grabada la película) y, como Samay, ayudaba a su padre vendiendo té en la vía del tren. Y como Samay se enamoró del cine dentro del cine…y es así que en entrevistas, Nalin ha comparado el cine con una meditación trascendental: la sala oscura, la luz que atraviesa la pantalla y la inmersión del espectador generan un estado de conciencia particular. 

Mientras meditamos con esa luz que atraviesa la pantalla, vale la pena recordar las enseñanzas y reflexiones que sugiere esta película: el valor de la curiosidad y el aprendizaje informal en la infancia, el cine como vocación y transformación vital, el conflicto entre tradición familiar y deseo propio (sobre todo cuando las barreras religiosas y culturales son marcadas), y esa nostalgia al situar la historia en el ocaso del celuloide, cuando el séptimo arte “migra” a nuevos soportes tecnológicos.