En el ámbito de la seguridad del paciente, se conoce como “segundas víctimas” a los profesionales sanitarios (médicos, enfermeras, técnicos, etc.) que se ven implicados directa o indirectamente en un evento adverso, un error médico o una lesión inesperada relacionada con la asistencia a un paciente y que, como consecuencia, experimentan un fuerte impacto psicológico y emocional.
Dos son los aspectos clave de una segunda víctima: 1) está expuesto a un evento adverso grave (por ejemplo, muerte inesperada, daño importante, error de medicación, mal manejo clínico…) en el que se siente personalmente implicado, aunque no haya habido mala praxis deliberada; 2) presenta síntomas de estrés postraumático: sentimientos de culpa, ansiedad, insomnio, miedo a ser juzgado, dudas constantes sobre su competencia, baja autoestima profesional, vergüenza, irritabilidad, cansancio emocional e incluso pensamientos de abandonar la profesión.
El término segunda víctima diferencia a los otros dos términos interrelacionado, como son primera víctima (el paciente y su familia, que sufren físicamente y emocionalmente las consecuencias del evento adverso) y tercera víctima (la institución sanitaria - hospital, centro de salud, administración, aseguradoras -, que experimenta daño reputacional, gasto y tensión organizativa derivados del evento).
El concepto de “segunda víctima” se introdujo en el año 2000 en la literatura científica. Varios estudios en nuestro país señalan que más de 60% de los profesionales sanitarios han vivido algún episodio como segunda víctima en los últimos años, lo que pone de relieve la necesidad de dispositivos de apoyo interno, acompañamiento clínico, grupos de reflexión, y normas explícitas de cuidado compartido entre profesionales y dirección. Es así que tenerlo presente es clave para construir una cultura de seguridad positiva, en la que se proteja tanto al paciente como a quien cuida de él cuando algo sale mal.
Y para adentrarse en el tema vale la pena revisar la reciente película danesa La otra víctima (Zinnini Elkington, 2025), en lo que es la ópera prima de esta cineasta emergente, quien también escribió el guion de este drama médico que explora los errores en el ámbito sanitario. Vale la pena revisar su argumento…
En la unidad de ictus de un hospital danés con escasez de personal, la experimentada neuróloga Alexandra, Alex (Özlem Saglanmak), asume el busca de urgencias durante un día rutinario. Examina a Oliver, un joven de 18 años con dolor de cabeza: “Parece que se trata de una migraña normal o una resaca”, le dice la doctora a su madre; y la residente le pregunta aparte: "¿Y si le hacemos una prueba de imagen para estar seguros?”. El paciente es dado de alta, pero a los pocos minutos tiene un convulsión, vomita y pierde el conocimiento. Aquí ya la resonancia cerebral demuestra una hemorragia subaracnoidea y Alexandra comenta con otros especialistas la duda entre la cirugía y la embolización, cada una con sus ventajas y riesgos.
La reunión de contención convocada por la jefa de Urgencias entre Alex, la residente Emilia (Mathilde Arcel Fock) y la enfermera para conocer qué ha ocurrido intenta no ser una reunión de culpabilidad, pero lo cierto es que ya se comprueba un error en la transmisión de información entre la residente, que hizo el triaje, y la adjunta que no precisó la rigidez de nuca del paciente. Alex acaba de comprobar ese error, mientras comprueba que Oliver está en coma, con riesgo de muerte. Y empieza a notar el vértigo de tener que informar a la madre, Camila (Trine Dyrholm), a quien informa de que le van a operar porque puede aumentar el riesgo de su hemorragia. Inicialmente la madre le da las gracias y asume parte de culpa por no haberle dado importancia el dolor de cabeza desde la noche anterior.
El paciente se mantiene en la UCI en estado de coma… hasta que Alex recibe la llamada más difícil de la enfermera: “Oliver está registrado como donante de órganos. Tienes que volver ya… y tenemos que decírselo a los padres”. Los padres no acaban de entende qué significa la muerte cerebral que les comuniza Alex si su hijo sigue respirando (por el ventilador) y latiendo (por la medicación). Y vivimos la dura escena del examen médico para confirmar la muerte cerebral delante de los padres, como estos han pedido. Y surgen los reproches, del cirujano a Alex (“Has fallado a tus compañeros y ahora encimas estás mintiendo a los pobres familiares…¿Qué clase de médica eres?”) y Alex a la residente (“Eres médica, Emilia. Nadie va compadecerte. Ni los pacientes. Ni los familiares. Ni nadie. ¿Crees que tus sentimientos son más importantes? ¿Crees que todos tenemos que cuidarte, sentir lástima?”).
Y llegan las primeras fases del duelo: la negación, la rabia, el echarse la culpa. Los padres entre sí, la madre a la doctora. Y a la pregunta de la madre de si no había algún signo que hiciera sospechas la hemorragia cerebral, Alex responde: “La medicina no es una ciencia exacta”. Pero en nada convence a su interlocutora, rota y confusa por el dolor, quien le amenaza: “Escúchame. Has matado a nuestro hijo. ¿Te queda claro?”, mientras la agarra del cuello.
La película se convierte en claustrofóbica para Alex y para el espectador, siempre dentro del hospital. Y llega la policía ha hacerle unas preguntas…, pues consideran que es inaceptable que una paciente la haya amenazado (cuando ocurrió lo anterior, se activó el código de protección), pero Alex les pide que no denuncien a la madre. Cabe anotar que amenazar a un sanitarios es algo que en Dinamarca y algunos países es muy serio, y que en España comienza a serlo. Pero la presión y la culpa acaban originando un ataque de ansiedad de la doctora.
El padre lo acepta. La madre no. Y llama a un sacerdote para que haga algo… y la respuesta es muy potente: “Tienen que hacer lo que siempre han hecho: quererlo. No se deja de amar porque haya fallecido. El amor es más fuerte que la muerte. Eso es lo que nos hace humanos. En el amor está la aceptación. Recuérdenlo. Quiéranlo”. Pero después de ello, la amenaza del padre a la doctora: “A primera hora de la mañana presentaré una denuncia”.
La conversación final de Alex con su compañero cirujano resulta consoladora para ella, incluso cuando este le dice: “Cada médico tienen un cementerio”. Luego el abrazo que le da la residente. Acaba el día, regresa a casa y encuentra a su marido y a sus dos hijos, la menor aún lactante. Y el contraste de los padres de Oliver en la despedida de la UCI y Alex con sus hijos, ambos lugares llenos de dolor. Un final lleno de sentido y sensibilidad para entender el dolor por las primeras víctimas (Oliver y su familia) y el dolor por esas segundas víctimas que son los profesionales sanitarios, aquí especialmente la de una buena profesional como Alex que tuvo un error y pensó que por el trote era un caballo, cuando fue una cebra…
La otra víctima es una buena película que nos permite reflexionar sobre la fragilidad de quienes están detrás de decisiones cruciales en el ámbito hospitalario, un lugar donde se convive con la enfermedad, la tensión y el dolor por mucho que, como aquí, los pasillos estén decorados con intensos colores. Y para ello su directora utilizar un enfoque introspectivo y realista, evitando dramatismos excesivos para reflejar el sistema sanitario danés, con énfasis en la moralidad ambigua y la atmósfera opresiva.
Es una película con muchas aristas para profundizar como cine fórum entre profesionales sanitarios, y con dos enseñanzas principales: 1) el revelar la fragilidad humana en profesiones de alto riesgo y recordamos la frase "Cada médico tiene su cementerio", subrayando que no hay control total pese a la tecnología; 2) el abogar por la compasión hacia las segundas víctimas (el personal médico), con crítica hacia los sistemas sanitarios sobrecargados (fuentes de error) y enfatizando el poder del amor y cuidado en la adversidad.





