Conocemos al director estadounidense Sean Baker principalmente por su película Anora, gran triunfadora de los Óscar 2024, así como ganadora de la Palma de Oro en Cannes. Y que también en Cine y Pediatría ya nos ha regalado una joya del cine independiente como fue la rompedora The Florida Project (2017). Pero menos conocida es la taiwanesa Shih-Ching-Tsou, a la que le une un cuarto de siglo de amistad, y que ha sido la productora habitual de gran parte de la filmografía de Baker, además de directora de arte, diseñadora de vestuario e incluso ha realizado cameos en películas como Tangerine (2015), Red Rocket (2021) y la misma The Florida Project. Pues bien, ahora ambos se unen en guion muy particular para su ópera prima en la dirección: La chica zurda (Shih-Ching-Tsou, 2025), en lo que es la primera película de nacionalidad taiwanesa en Cine y Pediatría, y que llegó a representar a su país en los premios Óscar a mejor película internacional.
Antes de entrar en materia, y para contextualizar la película, una breve reseña a esa historia de desamor y disputa entre Taiwán (oficialmente República de China y antes conocida como la isla de Formosa) y China (oficialmente República Popular de China). Porque China considera a Taiwán como una "provincia renegada" que debe ser reunificada, mientras que Taiwán ha desarrollado una identidad nacional propia y busca mantener su sistema democrático y soberanía, y que se sostiene por ser una potencia global clave, indispensable para la fabricación de semiconductores y tecnología moderna (como ordenadores y coches eléctricos), conocido como “escudo de silicio”. Y así es como desde hace décadas Taiwán es una isla independiente con casi 24 millones de habitantes, cuya capital, Taipei, es una vibrante urbe de rascacielos que destaca por sus famosos mercados nocturnos, donde se puede disfrutar de comida callejera excepcional. Y en esta ciudad y en uno de esos mercados nocturnos transcurre gran parte de nuestra historia de hoy…
La chica zurda es un complejo retrato familiar que nos desvelará sus secretos. La historia se centra en Shu-Fen (Janel Tsai), una joven madre separada que, tras varios años viviendo en el campo, decide regresar a Taipei con sus dos hijas, la bella y rebelde adolescente I-Ann (Nina Ye), y la encantadora y espabilada niña de 5 años I-Jing (Shi-Yuan Ma), suficientemente sensible para captar lo que los adultos callan. E intenta abrirse camino abriendo un puesto de comida en un bullicioso mercado nocturno. Cada una a su manera, tendrán que adaptarse a este nuevo entorno para llegar a fin de mes y conseguir mantener la unidad en el hogar. Tres generaciones de secretos familiares empiezan a desvelarse después de que el abuelo, marcado por el peso de las tradiciones, le diga a su nieta menor, que es zurda, que nunca use su "mano del diablo".
Esa mano zurda sobre la que el abuelo dice en una comida familiar: “¿Por qué come con la mano izquierda?... Antaño si te veían usar la izquierda, te colgaban o te daban una paliza. En mi casa usa la derecha”. Y más adelante le espeta esta idea a la propia I-Jing algo que le marcará: “La mano izquierda es la mano del diablo. Si usas la izquierda estás haciendo el mal”. Porque desde ese momento justifica sus actos por su mano izquierda, y también sus hurtos en las tiendas: “Mira, la he cogido con la mano del mal”, se justifica así mismo.
Y mientras I-Jing se debate con el sanbenito de su mano zurda, la adolescente I-Ann aparece envuelta en ese halo de desconcierto y enfado propio del viaje de una adolescente con una estructura familiar complicada. Rechaza y odia al padre que les abandonó y que ahora está enfermo, y sobre el que la pequeña I-Jing pregunta: “¿Quién era ese hombre?”. Trabaja en una tienda de bebidas y comida, esos locales llenos de luces de colores de neón, y donde el rollo que tiene con el dueño acaba con un embarazo no deseado. Y en ese trasiego de vida que le ha hecho abandonar los estudios, cuida a su pequeña hermana y la trae del colegio en moto cada día a través de la bulliciosa ciudad. Porque I-Jing no quiere ir con los abuelos, “porque el abuelo no se ducha y huele a tofu fermentado”.
Tras la presentación de los personajes, en el último tercio de la película aparecen dos escenas clave. Entrañable cómo la hermana mayor hace devolver a I-Jing todo aquello que robó, aunque ella se excusa: “Yo no robé nada. Fue mi mano del diablo la que robó todo…”. Y especialmente esa fiesta familiar para celebrar el 60 cumpleaños de la abuela, allí donde se desencadena la catarsis y aparece la verdad oculta sobre la verdadera relación entre Shu-Fen, I-Ann e I-Jing, y donde la abuela pregunta: “¿Te ibas a guardar ese secreto para siempre?”. Un cumpleaños feliz catártico y un final caleidoscópico… para esta familia que seguirá intentando sobrevivir económica y emocionalmente entre el bullicio del mercado nocturno de Taipéi, escenario vivo donde el trabajo, la precariedad y los secretos familiares se entrelazan.
Por cierto, La chica zurda fue filmada con un iPhone, un rasgo técnico que refuerza su cercanía y su energía visual. Y que no busca el melodrama grandilocuente, sino que emociona desde los gestos pequeños, las miradas, los silencios y la convivencia diaria en una familia que intenta no romperse. Pero que también deja una sensación de inquietud porque muestra una realidad dura: pobreza, fragilidad afectiva, presión laboral y heridas transmitidas entre generaciones. Su fuerza está en mostrar que lo local puede volverse universal: una madre que lucha, una hija que se rebela y una niña que aprende a leer el mundo son figuras reconocibles en cualquier cultura. Una historia que deja poso porque habla de la supervivencia, de la identidad y de cómo una infancia puede revelar las grietas de toda una familia.
Y que deja una cosa clara: que “la mano del diablo” no está en ser zurda, sino en no sanar las heridas generacionales. Y que ahora ya, cuando I-Jing diga “mamá” pueda ya entender mejor al dirigir su mirada a Shu-Fen o a I-Ann. Porque no hay que sobrevivir a la mano izquierda, hay que sobrevivir a la vida.


