lunes, 3 de agosto de 2026

Conexión saludable: pediatras y redes sociales

 

Agradezco a los doctores P. Serrano Marchuet e I. Iturralde Orive su artículo en el último número de Pediatría Integral (junio 2026) en relación con este tema, cuyo título es “¿Por qué los pediatras debemos estar en redes sociales? Los cinco motivos fundamentales”. Por lo tanto, el mérito es suyo, por tratar este tema, y desde este blog solo derivamos a su lectura en este enlace (págs. 276e.1 y 276 e.2).  

El artículo destaca que las redes sociales (RR.SS.) han evolucionado de ser un espacio de ocio a una herramienta fundamental de comunicación y educación sanitaria, ya que las familias las utilizan habitualmente para consultar temas de salud. Y este es el resumen los cinco motivos fundamentales expuestos por los autores para que los pediatras participen en ellas: 

1. Combatir la desinformación: las RR. SS. son un entorno propicio para la difusión de noticias falsas, especialmente sobre vacunas y pseudoterapias. La presencia del pediatra permite generar contenido de calidad y rigor que sirva como referencia fiable para las familias. 

2. Canal de educación sanitaria directa: permite extender la labor preventiva más allá de la consulta, anticipándose a dudas comunes sobre fiebre, alimentación o desarrollo, y reforzando los mensajes transmitidos en la atención clínica. 

3. Capacidad de influir en la salud pública: al ser figuras cercanas a la comunidad, los pediatras pueden amplificar su alcance participando en campañas de vacunación o visibilizando problemas como la obesidad infantil y el uso excesivo de pantallas. 

4. Acercar y humanizar la figura del pediatra: estar en redes muestra al profesional como alguien accesible y actualizado, lo que mejora la confianza, reduce la ansiedad de los padres y rompe la imagen de una medicina distante o puramente técnica. 

5. Aprendizaje continuo e intercambio profesional: funcionan como un espacio de conexión entre colegas para acceder de forma ágil a nuevas recomendaciones, publicaciones científicas y debates clínicos, complementando las fuentes de formación tradicionales. 

En conclusión, los autores subrayan que estar en redes sociales conlleva una gran responsabilidad que exige rigor científico y respeto a la confidencialidad. No se trata de una moda, sino de una herramienta más para cuidar a los pacientes tanto dentro como fuera de la consulta. Tres aspectos de interés que vale la pena destacar: 

a)¿Cómo deben manejar los pediatras su privacidad en las redes? 

El manejo de la privacidad y la presencia digital debe basarse en la responsabilidad profesional y el respeto a la confidencialidad. Y vale la pena tener presente estas directrices éticas y profesionales para manejar la presencia pública: 
• Respeto absoluto a la confidencialidad: la participación en redes exige una carga de responsabilidad que incluye, de manera primordial, el respeto a la confidencialidad de los pacientes y sus familias. 
• Rigor científico y transparencia: al estar en un entorno público, el pediatra debe opinar con criterio y basarse en evidencias, ya que su voz como profesional tiene un peso importante en las decisiones de salud de los padres. 
• Gestión de la exposición pública: los pediatras deben asumir que la presencia en redes conlleva un cierto nivel de crítica o desacuerdo. Estos riesgos son manejables siempre que se actúe con profesionalidad. 
• Humanización con límites profesionales: las redes permiten "humanizar" la figura del médico y mostrarlo como alguien accesible y actualizado. Sin embargo, esta comunicación debe ser transparente y estar siempre adaptada al público general, sin perder el carácter profesional. 
• Estilo y nivel de implicación personal: no es necesario convertirse en un "influencer" ni dedicar grandes cantidades de tiempo. Cada profesional puede encontrar su propio estilo y nivel de implicación, compartiendo mensajes sencillos o recomendaciones oficiales según se sienta cómodo. 

b) ¿Qué riesgos legales enfrentan los pediatras en redes? 

La participación de los profesionales en estas plataformas conlleva una carga de responsabilidad significativa que implica los siguientes riesgos y obligaciones ético-legales: 
• Vulneración de la confidencialidad: el riesgo primordial es el compromiso de la privacidad de los pacientes y sus familias. El pediatra debe asegurar un respeto absoluto a la confidencialidad en todas sus interacciones y publicaciones. 
• Responsabilidad profesional y rigor científico: no se trata de "estar por estar" ni de emitir opiniones sin criterio. El pediatra enfrenta el riesgo de perder credibilidad o inducir a errores si no mantiene el rigor científico, la transparencia y una comunicación adaptada al público general. 
• Exposición a la crítica y el desacuerdo: al participar en un entorno público, el profesional debe asumir que no siempre habrá consenso y que su figura está expuesta a niveles de crítica o desacuerdo. El artículo señala que estos riesgos son manejables siempre que se actúe con profesionalidad. 
• Gestión de la información errónea: existe el riesgo de que, si los pediatras no ocupan el espacio digital, este sea dominado por movimientos (como los antivacunas o pseudoterapias) que difunden desinformación sanitaria mediante narrativas emocionales y mensajes simples. Esto supone una responsabilidad social para el médico, cuya voz tiene un peso importante en las decisiones de salud de las familias. 

c) ¿Qué pautas éticas rigen la interacción médico-paciente en redes sociales? 

La interacción de los pediatras con pacientes y familias en redes sociales no es una actividad meramente lúdica, sino que está sujeta a una carga de responsabilidad que exige el cumplimiento de pautas éticas y profesionales específicas. Y las principales pautas que debieran regir esta interacción son: 
• Respeto absoluto a la confidencialidad: el profesional debe garantizar la privacidad de los pacientes y sus familias en todo momento, evitando compartir cualquier dato que pueda identificarlos. 
• Rigor científico y evidencia: no se debe opinar sin criterio. Los mensajes deben basarse en evidencia científica actualizada, manteniendo la credibilidad de la profesión, especialmente frente a la desinformación sanitaria. 
• Transparencia: la comunicación debe ser clara y honesta respecto a la identidad del profesional y el propósito de sus publicaciones. 
• Comunicación adaptada al público general: el lenguaje utilizado debe ser comprensible y empático, rompiendo la imagen de una medicina distante pero sin perder el carácter profesional. 
• Profesionalidad ante la crítica: el pediatra debe asumir que la exposición pública conlleva niveles de desacuerdo o crítica, los cuales deben gestionarse con profesionalidad y respeto, sin entrar en confrontaciones constantes. 
• Complementariedad, no sustitución: la presencia en redes sociales sirve como un canal de educación sanitaria y un refuerzo de los mensajes preventivos, pero no sustituye la atención clínica individualizada en la consulta. 

En definitiva, la ética en este entorno busca un equilibrio entre la humanización de la figura del médico (mostrándose accesible y cercano) y el mantenimiento del rigor y la deontología propios de la práctica médica fuera del consultorio. 

Como ya expusimos en este blog hace muchos años, hay que tener nuestro por qué y para qué para adentrase en las redes sociales. Un ejemplo es este mismo blog Pediatría basada en pruebas, que después de la constancia y rigor mantenido desde el año 2009 se ha convertido en una fuente de consulta habitual a través de la inteligencia artificial (IA). Actualmente el número de visitas al blog es de 19 millones, pero la gran explosión ha ocurrido en el último año, a medida que la propia IA lo ha considerado una fuente fiable para sus respuestas, de modo que actualmente el número de visitas al mes ha explotado a alrededor de un millón. Un ejemplo para entender que el único lugar en el que la palabra “éxito” está antes que “trabajo” es en el diccionario, pues todo esto es producto de muchos años de rigor y ética en redes sociales. 

sábado, 1 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (864) Deletrear palabras mágicas con Eliza, Akeelah y tantos menores

 

El Scripps National Spelling Bee es el concurso nacional de ortografía más antiguo y prestigioso de Estados Unidos, y uno de los más largos en funcionamiento continuo del mundo. La práctica de celebrar spelling bees (concursos de deletreo) se originó en Estados Unidos como apoyo al aprendizaje del inglés, favorecida por la complejidad ortográfica del idioma y por libros escolares como los “Blue-backed Spellers” de Noah Webster (publicados desde 1786), que enseñaban a los niños a deletrear palabras sílaba a sílaba. 

El primer concurso nacional registrado se celebró en Louisville, Kentucky, organizado por el periódico local The Courier-Journal, y la final nacional tuvo lugar en Washington, D.C., el 17 de junio de 1925. El primer campeón fue Frank Neuhauser, de 11 años, que ganó 500 dólares al deletrear correctamente la palabra “gladiolus”. Hasta 1941 el concurso funcionó bajo el patrocinio del Courier-Journal; ese año, la empresa E. W. Scripps Company adquirió los derechos y lo rebautizó como Scripps Howard National Spelling Bee (más tarde acortado a Scripps National Spelling Bee en 2004 o Scripps Bee como más popular). 

El Scripps Bee se organiza como una entidad sin ánimo de lucro dentro de la E. W. Scripps Company y se celebra anualmente durante la semana posterior al Memorial Day (finales de mayo / principios de junio). Tras la Segunda Guerra Mundial, el concurso se ha celebrado de forma ininterrumpida desde 1946, salvo la cancelación de la edición de 2020 por la pandemia de COVID-19. La estructura habitual es la celebración de fases locales y regionales (donde miles de colegios y distritos organizan sus propios spelling bees y los ganadores de cada área acceden a niveles superiores) y el concurso nacional (donde cada estado enviaba a sus mejores concursantes, pero ha crecido a cientos de participantes con diferentes formatos). Desde 2011, las rondas finales se celebran en el Gaylord National Resort & Convention Center en National Harbor, Maryland, cerca de Washington, D.C. y las finales se transmiten en directo por la cadena ABC y plataformas digitales, alcanzando a millones de espectadores (en sus inicios se emitía por radio). 

Originalmente era un concurso pensado para escolares estadounidenses y, tradicionalmente, los concursantes no podían superar los 14–15 años. Desde mediados de los años 2000, se incorporaron participantes de otros países y territorios: Bahamas, Jamaica, Canadá, Guam, Islas Vírgenes, Nueva Zelanda, Puerto Rico, bases militares estadounidenses en el extranjero y, en algunos años, representantes de países de América Latina y Europa. Además, los premios han ido creciendo con el tiempo: en 1925, el primer premio eran 500 dólares, pero en ediciones recientes el campeón nacional recibe 50.000 dólares, además de medallas, trofeos y reconocimiento público; los finalistas también obtienen premios en metálico y becas. Y es tradición que los ganadores nacionales sean recibidos en la Casa Blanca y conozcan al presidente en ejercicio, lo que refuerza el prestigio social del concurso. 

La repercusión y el éxito del Scripps Bee inspiró otras iniciativas, como el Spelling Bee para adultos / sénior (desde 1996), así como imitaciones en otros países, como Venezuela, Perú y otros lugares, a veces organizados por centros culturales, ministerios de educación o instituciones bilingües. Hoy, el Scripps National Spelling Bee es mucho más que un concurso escolar: es un fenómeno cultural que combina educación, espectáculo televisivo y orgullo local, y que ha contribuido durante un siglo a poner en valor el dominio del vocabulario y la ortografía en inglés. 

Sobre este tema hace más de una década analizamos en Cine y Pediatría la película documental Spellbound (Al pie de la letra) (Jeffrey Blitz, 2002), si bien también enunciamos dos películas estrenadas unos años después sobre este mismo tema y que tiene como protagonista a dos niñas estadounidenses de la misma edad, dos niñas con especial talento para el deletreo y que hoy vamos a profundizar sobre ellas. 

 - La huella del silencio (Scott McGehee y David Siegel, 2005), fundamentada en el libro “Bee Season”, primera novela de Myla Goldberg, publicada cinco años antes, y que se centra en una adolescente que pretende ganar este concurso y la repercusión de este suceso sobre ella y su familia. Ella es Eliza Naumann (Flora Cross), una niña de 11 años, tímida y discreta, que de repente descubre un don extraordinario para deletrear palabras y comienza a ganar concursos de ortografía, hasta llegar a preparar el Scripps National Spelling Bee de Washington. A medida que Eliza avanza en la competición, la estructura familiar se desequilibra: su padre, Saul (Richard Gere), profesor de teología judía obsesionado con la Cábala, ve en el talento de su hija una posible vía para “escuchar a Dios” y se vuelca completamente en ella, mientras ignora emotivamente a su hijo mayor, Aaron (Max Minghella), que se rebela y busca refugio en otras espiritualidades (budismo, grupos alternativos). La madre, Miriam (Juliette Binoche), cargada con un trauma infantil y una fe herida, se siente cada vez más excluida y desencadenará conductas que ponen en evidencia la fragilidad de la familia. Al final, será Eliza quien, desde una experiencia casi mística en torno a las palabras, tome conciencia de que ni la perfección ni el éxito externo traen la felicidad, y con su actitud ayudará a replantear las prioridades de todos. 

Una historia que, en realidad, no se centra en el concurso en sí, sino en el hecho de cómo al surgir una potencial estrella en la familia (así se ven a estos jóvenes prodigios que concursan) se produce un efecto desgarrador de la frágil unión que hasta el momento había mantenida unida a la familia. Un reflejo de cómo muchos padres, aún con las mejores intenciones, pueden llegar a ver en los éxitos de sus hijos los sueños que ellos nunca alcanzaron, sin darse cuenta del daño que eso puede causar al desarrollo emocional en la infancia. Por ello esta película trabaja sobre todo la incomunicación familiar y la búsqueda de sentido a través de la religión, la mística y el conocimiento. Pero donde se mezclan aspectos para el debate, como la soledad y abandono (así, Aaron se siente invisible para su padre, Miriam arrastra un dolor antiguo que no puede compartir y Eliza acaba sintiéndose usada como “medio” para un fin espiritual del padre), la frustración y decepción (por ejemplo, la fe de Saul resulta más intelectual que vivida: busca “pruebas” de Dios en el éxito de su hija, y cuando la realidad no encaja con su teoría, queda desnudo ante su propia vacuidad), la esperanza y reconciliación (el giro de Eliza, que decide no perseguir la victoria a cualquier precio, abre una posibilidad de humildad, amor desinteresado y reconexión auténtica entre los miembros de la familia). 

Como reflexión de fondo, la película sugiere que la perfección (en los estudios, en la fe, en la imagen de familia feliz) no es camino de felicidad si se vive de manera obsesiva y egocéntrica. Propone, en cambio, una espiritualidad más humana y relacional, donde lo importante no es “oír a Dios” de forma extraordinaria, sino escuchar y acoger a las personas cercanas, especialmente a las que sufren en silencio. El título en España, La huella del silencio, apunta a esos dolores no dichos y a las marcas que dejan en cada personaje, y a la necesidad de ponerles palabra y cuidado para que la familia pueda sanar. Recordar que en otros países de habla hispana esta película se ha titulado como Palabras mágicas, lo cual no deja de tener una importante connotación con el hecho de deletrear. 

- Akeelah contra todos (Doug Atchison, 2006) es un drama inspirador sobre Akeelah Anderson (Keke Palmer), una niña de 11 años que vive en el sur de Los Ángeles, en un contexto familiar y escolar complicado: ha perdido a su padre, su madre (Ángela Bassett) está muy absorbida por el trabajo y su hermano se relaciona con malas influencias. Aunque al principio no se toma en serio la escuela, descubre que tiene una gran facilidad para las palabras: “No me gusta la escuela. Y no sé por qué tengo que hacer esto por ellos”, protesta Akeelah al principio, cuando le fuerzan para que participe en el Concurso de Deletreo. 

Su talento la lleva primero al ámbito escolar y después a competiciones cada vez más exigentes, donde recibe la ayuda de Dr. Larabee (Laurence Fishburne, también productor de la cinta), un profesor exigente pero decisivo en su formación. Y Akeelah lee esta frase en la pared del profesor: “Nuestro miedo más profundo es que seamos más poderosos de lo que creemos… Nacimos para que se manifieste la gloria de Dios que está en el interior de nosotros. Y dejando que nuestra luz brille, inconscientemente permitimos que la luz de los demás brille también”. 

En el camino encuentra amistad con otro niño deletreador, Jaime, de origen hispano, mientras también vive la compleja relación y competitividad con Dylan, el niño sometido por su padre a ser siempre el primero. La historia combina superación personal, aprendizaje y apoyo comunitario hasta la fase nacional del concurso, con un final muy “made in America”. Y aunque es una historia previsible, conviene no olvidar sus mensajes: que la inteligencia necesita constancia y método para convertirse en logro; que creer en uno mismo es clave para superar barreras externas e internas; que la familia, la escuela y el barrio pueden ser obstáculos o impulsores, según el apoyo que ofrezcan; y que el éxito no se mide solo por el premio final, sino también por el crecimiento personal y colectivo.

Porque Eliza, Akeelah y muchos otros menores se enfrentan no solo a la magia de las palabras, sino al riesgo de que ese don prodigioso ponga en peligro la magia de la infancia. 

 

miércoles, 29 de julio de 2026

CoARA (Coalition for Advancing Research Assessment): qué, por qué y para qué

 

En junio de 2022, los estados miembros de la Unión Europea adoptaron el compromiso político de iniciar de forma coordinada un proceso de modificación de los sistema de reconocimiento del mérito investigador, acordaron fortalecer las capacidades para la publicación y comunicación de resultados de investigación y se posicionaron a favor de proteger y desarrollar el multilingüismo en la publicación académica en todo el Espacio Europeo de Investigación (ERA, por sus siglas en inglés). Uno de los principales frutos de este compromiso ha sido la creación de la Coalition for the Advancement of the Research Assessment (CoARA). Y sobre CoARA conviene profundizar… 

CoARA: ¿qué es? 

CoARA en sus siglas en inglés significa Coalición para el Avance de la Evaluación de la Investigación. Es una iniciativa internacional surgida hace cuatro años para reformar cómo se evalúa la ciencia, con el objetivo de reducir la dependencia de métricas simples —como el factor de impacto o el índice h— y dar más peso a la calidad, la diversidad de contribuciones y el juicio experto. 

La idea central es que la investigación no puede medirse bien solo por dónde se publica o por cuántas citas acumula, porque eso deja fuera muchas aportaciones valiosas: datos compartidos, software, transferencia, docencia, mentoría, divulgación, ciencia abierta o impacto social. 

CoARA: ¿por qué surge? 

CoARA nace del consenso acumulado durante años sobre las limitaciones de los sistemas tradicionales de evaluación. El CSIC explica que ya existían alertas previas en iniciativas como DORA (2012), el Manifiesto de Leiden, The Metric Tide y otras declaraciones internacionales que criticaban el uso aislado y descontextualizado de métricas bibliométricas. 

La coalición se impulsa de forma conjunta por Science Europe, la European Universities Association y la Comisión Europea, y cristaliza tras un proceso de co-creación en 2022 que reunió a centenares de organizaciones de muchos países. En otras palabras, CoARA no aparece como una moda repentina, sino como la respuesta institucional a una insatisfacción creciente con la evaluación basada casi exclusivamente en revistas, rankings y cifras de impacto. 

CoARA: ¿qué propone? 

El acuerdo de CoARA plantea varios principios básicos: reconocer la diversidad de contribuciones científicas, evaluar principalmente mediante revisión cualitativa por pares, usar los indicadores cuantitativos de forma responsable y abandonar el uso inadecuado de métricas basadas en revistas o publicaciones. Esto me recuerda las veces que hemos criticado esos indicadores usados “a peso”, conociendo la compra-venta de factor de impacto de las revistas depredadoras y la publicación previo pago. Revisar estos enlaces de este blog a lo largo de los años: 1, 2, 3, 4 y 5.     

También pide evitar los rankings institucionales como sustituto de una evaluación real, y promover criterios más ajustados a cada disciplina, etapa profesional y tipo de investigación. Esto es importante porque no se puede valorar igual una disciplina con lógicas de publicación muy rápidas que otra donde pesan más los libros, las bases de datos, las colecciones, los protocolos clínicos o la transferencia a la sociedad. 

Pero, ¿qué cambia en la práctica? 

El cambio más visible es que la evaluación deja de centrarse tanto en “dónde publicas” y pasa a valorar mejor “qué aportas”. Eso supone un giro hacia evaluaciones más multidimensionales, donde cuentan la originalidad, la solidez metodológica, la cooperación, la apertura de datos, la contribución al grupo, el impacto social y la adecuación del trabajo a su contexto disciplinar. 

En la práctica, esto puede favorecer carreras investigadoras menos dependientes de publicar en un pequeño grupo de revistas de alto impacto y más abiertas a reconocer perfiles diversos: quienes hacen investigación básica, aplicada, traslacional, clínica, interdisciplinar o de impacto social. También puede ayudar a reducir incentivos perversos, como la carrera por acumular artículos, la presión por publicar “lo máximo posible” o la tentación de privilegiar métricas antes que calidad. 

Por tanto, CoARA está significando un cambio de paradigma en la gobernanza de la ciencia. Su importancia no está solo en los principios, sino en que obliga a instituciones, agencias y universidades a revisar sus criterios, sus formularios, sus comités y sus rutinas de evaluación. 

En España, por ejemplo, el CSIC, ANECA y CRUE participan en el National Chapter Spain, y varias universidades ya han empezado a adaptar sus políticas a este marco. Eso indica que CoARA no se limita a una declaración de intenciones: está entrando en la arquitectura real de la evaluación científica. 

Pero CoARA también genera dudas legítimas. Cambiar métricas no es tan sencillo como sustituir un número por otro, porque el desafío consiste en construir evaluaciones más justas sin volverlas más opacas o arbitrarias. Por eso el acuerdo insiste en la transparencia, la formación de evaluadores, la comunicación clara y el uso responsable de datos e indicadores. 

Además, la transición no será igual en todos los países, disciplinas ni instituciones. Algunos ámbitos ya están muy acostumbrados a la bibliometría; otros necesitan criterios más cualitativos desde hace tiempo. CoARA intenta precisamente ofrecer un marco común, pero flexible, para que esa reforma sea compartida y no una suma de soluciones improvisadas. 

Como colofón a CoARA… 

CoARA surge como respuesta a la insuficiencia de los modelos de evaluación apoyados en métricas simplificadas y busca reorientar la valoración científica hacia la calidad, la diversidad y el impacto real de la investigación. Su relevancia está en que está cambiando no solo el debate teórico, sino también las prácticas institucionales con las que se decide qué cuenta como buena ciencia. 

Mientras tanto, en el camino, se han desangrado vocaciones docentes e investigadoras por obra y gracia de aquellos indicadores y del negocio de la publicación. Si Eugene Gardfiel levantara la cabeza, él que creó en 1955 el factor de impacto para revistas y no para investigadores…