sábado, 7 de noviembre de 2026

Cine y Pediatría (878) “Incontrolable”, dignidad frente al síndrome de Tourette


El síndrome de Gilles de la Tourette es un trastorno del neurodesarrollo que provoca tics motores y vocales involuntarios, rápidos, repetitivos y fluctuantes. No es un problema de mala educación ni una falta de control voluntario: la persona suele experimentar un impulso previo desagradable que se alivia temporalmente al realizar el tic. Los primeros síntomas suelen aparecer entre los 5 y 10 años, con mayor frecuencia como un tic facial, como parpadeo o muecas. Después pueden añadirse tics de cabeza, cuello, tronco, brazos y piernas, así como tics vocales (con un característica coprolalia, aunque no todos lo presentan). Los tics suelen alcanzar su máxima intensidad en la adolescencia y, en muchas personas, mejoran o disminuyen notablemente en la vida adulta. 

Es un trastorno del neurodesarrollo con base biológica y multifactorial. La explicación más aceptada es una interacción entre genes, desarrollo cerebral y factores ambientales: la vulnerabilidad genética crea el terreno; alteraciones en los circuitos dopaminérgicos y en el control motor hacen posible el tic; y factores como infecciones, complicaciones perinatales o estrés pueden influir en cuándo y con qué intensidad se manifiesta. 

El síndrome de Tourette puede afectar la vida diaria de forma muy variable: muchas personas tienen tics leves y desarrollan una vida plena, mientras que otras experimentan dificultades en la escuela, el trabajo, el sueño, las relaciones y el bienestar emocional. Con frecuencia, el mayor impacto no proviene solo de los tics, sino de la incomprensión, las burlas y el esfuerzo constante por controlarlos. Y por todo ello es un entidad muy cinematográfica, pero con una doble visión: en algunos casos el trastorno se usaba para ridiculizar al personaje o hacerlo grotesco dentro de la trama; por fortuna, otras películas han devuelto una imagen humanizada como El código tic (Gary Winnick, 1999), Vicent quiere ir al mar (Ralf Huettner, 2010), The Road Whitin (Gren Wells, 2014) o Huérfanos de Brooklyn (Edwar Norton, 2019). En Cine y Pediatría hemos analizado ya la película Al frente de clase (Peter Werner, 2008), basada en el libro de Brad Cohen "Front Of The Class: How Tourette Syndrome Made Me the Teacher I Never Had?", la historia real de un joven con Tourette que quiso ser maestro y que le dio una lección al mundo, pues no solo lo consiguió (con el apoyo particular de su madre), sino que fue elegido como mejor profesor del estado de Georgia.  

Y a este listado hoy sumamos la última película estrenada al respecto, otra historia basada en hechos reales, la historia real de John Davidson, un activista escocés a favor de la concienciación del síndrome de Tourette que él mismo padeció. De hecho, con 16 años protagonizó el mediometraje documental John´s Not Mad (Valeie Kaye, 1989), dando a conocer públicamente su caso y donde se explora lo difícil que es convivir con esta entidad. Hablamos de la película británica Incontrolable (Kirk Jones, 2025), un biopic que evita convertir la discapacidad en espectáculo, y donde no solo se nos muestra el sufrimiento del rechazo social, sino también el humor, la ternura y la fuerza de un hombre que decide no dejar que sus tics definan quién es. Destacar que la película se rodó en Escocia y trabajó estrechamente con la comunidad Tourette: de los noventa intérpretes, unos treinta viven con el síndrome. Esa decisión de casting aporta autenticidad y evita que la representación se limite a una imitación externa de los tics. Y también decir que el director de este film ya dirigió otra película que hemos analizado en Cine y Pediatría, bajo el título de Qué esperar cuando estás esperando (2012), una comedia de historias cruzadas alrededor de la maternidad y con un gran elenco actoral estadounidense.

Incontrolable comienza con una escena de 2019 en Edimburgo y nuestro joven protagonista va a ser condecorado por la reina Isabel II como Miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE), pero no quiere por si se le escapa algo. Aunque su madre le convence y él no puede evitarlo: “Que se joda la reina”. Y a partir de ahí, la historia comienza en la Escocia de 1983, con un John Davidson de 12 años (interpretado por Scott Ellis Watson), aficionado al fútbol y con una vida aparentemente ordinaria, en la que comienza sus estudios en el instituto. Es entonces cuando debutan de forma súbita tics motores y vocalizaciones incontrolables, incluidas palabras obscenas. Ni su familia, ni el colegio, ni los profesionales sanitarios comprenden al principio lo que le ocurre; en cambio, lo castigan, lo humillan y lo consideran un niño malcriado o “loco”. “He empezado a hacer gestos con el cuello y los ojos. Se agitan, se sacuden”, le explica a su madre. 

Aun así, el conocimiento médico y social de la época es muy limitado: sufre acoso escolar, rechazo, violencia y una dolorosa incomprensión familiar, escolar y social, incluyendo castigos físicos: “Si no deja de comportarse así, acabará en prisión”, le dice el director del instituto. El padre abandona el hogar y deja a su mujer y sus cuatro hijos por este comportamiento de John, porque le resulta insoportable. La película muestra cómo un trastorno neurológico puede convertirse, por ignorancia del entorno, en una fuente de exclusión. Se hace tan insoportable para él no saber lo que ocurre y el daño que causa a su alrededor, tanto que intenta suicidarse tirándose al río a los 13 años. 

A partir de aquí, la historia da un salto de 13 años, y ya nos presenta a un joven John (interpretado por Robert Aramayo, en un papel estelar por el que obtuvo el BAFTA al mejor actor y al mejor debutante) con su síndrome y su tratamiento (haloperidol), tras llegar a un diagnóstico cuando tenía 15 años. El film recoge después su tránsito a la vida adulta: la búsqueda de trabajo, las relaciones, la soledad, los intentos fallidos de “normalizarse” y el encuentro con Dottie (Maxine Peake), enfermera de salud mental y madre de un antiguo compañero, Chris (David Carlyle), que se convierte en una figura clave de apoyo. Curiosamente a Dottie le quedaban seis meses de vida por un cáncer y decide ayudarle en lo que le resta…, aunque por fortuna, una vez más, la medicina erró en su diagnóstico. 

Finalmente John abandona su hogar (curiosamente su madre también fue enfermera, pero no tuvo la misma comprensión de la enfermedad) y se va a vivir con Dottie y su familia, quien le convence de ir dejando la medicación…y mejora. Intenta normalizar su vida, saliendo de fiesta con Chris, y encuentra un trabajo junto a Tommy (Peter Mullan, el incombustible intérprete británico ya analizado como director en Las hermanas de la Magdalena del año 2002 y en Neds (No educados y delincuentes) en el año 2010), un conserje y trabajador de mantenimiento, alguien capaz de ver más allá de los tics y ofrecerle una oportunidad laboral, algo así como su segundo ángel de la guarda. Ese reconocimiento práctico —no caritativo, sino basado en su valor como persona y trabajador— le permite reconstruir su autoestima.   

La película avanza hasta la etapa en que John se convierte en un referente del activismo por el síndrome de Tourette en Reino Unido. Su trabajo de sensibilización le valió la MBE, y la película abre y cierra su relato con la tensión y el humor de aquel encuentro institucional. Pero la historia está llena de giros que conviene no descubrir… y disfrutar o sufrir, con algunas escenas dramáticas y otras hilariantes: “Estoy harto de esto. Estoy cansado”, nos confiesa. Y finaliza en 2023, cuando es llamado por la Dra. Barbara Morera de la Universidad de Nottingham para probar un experimento de neuromodulación, pionera en tratamientos no invasivos ni farmacológicos frente al Tourette: y prueba la pulsera Neupulse, esa estimulación rítmica del nervio mediano a una frecuencia de 10 Hz, lo que se ha demostrado ya que reduce una media de un 25% la frecuencia de los tics y hasta un 35% la gravedad de los mismos. 

Y así termina esta inspiradora película, bajo los acordes de la canción de Oasis “Stop Crying Your Heart Out” y con las imágenes reales de John Davidson y este mensaje: “John siguió yendo a Nottingham para probar el aparato médico. Nuevas tecnologías, medicación y terapia pueden ayudar a muchas personas que viven con síndrome de Tourette, pero el apoyo más poderoso es la educación, la comprensión y la aceptación. John sigue viviendo en Galashiels con su nuevo labrador negro, Suki”. Y sí, John ya ha dejado de comer en el suelo frente a la chimenea, pero seguramente sigue besando farolas… 

Y bajo los acordes de esta canción final, rumiamos las reflexiones que nos deja de esta película: que la ignorancia puede ser más discapacitante que el trastorno, que el diagnóstico temprano importa, que la inclusión exige oportunidades reales, que la identidad de las personas con Tourette no se reduce al diagnóstico, que la familia necesita apoyo, no culpa, y que la visibilidad de esta entidad (y de todas las entidades infrecuentes y poco conocidas) puede transformarse en defensa colectiva y en cambio social.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Terapia cinematográfica (25). Prescribir películas para entender a los menores con altas capacidades (niños prodigio)


Las altas capacidades se refieren a un funcionamiento intelectual, creativo o talentoso significativamente superior al habitual en una o varias áreas, y deben entenderse junto con el desarrollo emocional, social, motivacional y escolar del menor. Las características principales de las altas capacidades incluyen estos perfiles: precocidad intelectual, talento simple, talento complejo, superdotación o capacidad intelectual general elevada, y doble excepcionalidad. Y tan importante como saber acercarse a las altas capacidades, conviene saber lo que no debe confundirse con sobredotación en la infancia, porque supone un reto para el menor y para sus familias. 

En su abordaje cabe enumerar tres puntos clave: evaluación individualizada, respuesta educativa flexible y acompañamiento emocional (tanto en casa como en la escuela). La finalidad de la identificación temprana no es adelantar al niño o niña en todo ni convertirlo en un “pequeño adulto”, sino evitar el aburrimiento, comprender sus posibles dificultades y ofrecerle una educación ajustada a su perfil. 

Y donde cabe reflexionar sobre el valor del cine, pues puede ser una herramienta valiosa para comprender mejor las altas capacidades infantiles porque transforma conceptos abstractos en experiencias concretas y emocionales. Estas historias muestran el aburrimiento escolar, la sensación de ser diferente, el perfeccionismo, la presión por destacar, el duelo, el aislamiento y la necesidad de encontrar adultos capaces de escuchar y acompañar, no solo de exigir rendimiento. Además, las películas permiten acercarse a los retos de las familias: la incertidumbre ante la identificación, los desacuerdos sobre la educación, el temor a presionar demasiado al niño y la dificultad de equilibrar estimulación, bienestar, juego y vida familiar. Y hoy vamos a destacar aquellas películas que tengan como protagonistas a menores alrededor de sus altas capacidades, niños y niñas considerados prodigio con sus luces y sus sombras, con sus circunstancias personales, familiares y escolares. Historias que ya han sido analizadas en el proyecto Cine y Pediatría. Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales al respecto. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- El pequeño Tate (Little Man Tate, Jodie Foster, 1991), para acercarnos a la fortaleza y fragilidad de los niños superdotados. 

- En busca de Bobby Fisher (Searching for Bobby Fisher, Steven Zailian, 1993), para prever el daño que puede provocar el exceso de responsabilidad y competitividad en un joven genio del ajedrez, donde cabe no dar jaque mate a la inocencia de la infancia. 

- Spellbound (Al pie de la letra) (Spellbound, Jeffrey Blitz, 2002), para reconocer que las infancias no tiene que deletrearse con el sacrificio de los concursos. 

- El extraordinario viaje de T.S. Spivet (L´extravagant voyage du jeune et prodigieux T.S. Spivet, Jean-Pierre Jeunet, 2013), para acompañar a ese particular viaje a la mente de un niño prodigio. 

- X+Y (X+Y (A Brilliant Young Mind), Morgan Matthews, 2014), para conocer la coexistencia de altas capacidades con otras condiciones, esa doble excepcionalidad no ajena en el autismo. 

- Un don excepcional (Gifted, Marc Webb, 2017), para debatir cómo manejar la educación y crianza de los niños y niñas superdotados. 

- Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), para reflexionar sobre la aceptación e integración de la neurodiversidad de los hijos con doble excepcionalidad. 

Siete películas argumentales para adentrarnos en el complejo mundo de los menores con altas capacidades (y sus familiares), también conocidos popularmente como niños prodigio o superdotados. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.  

lunes, 2 de noviembre de 2026

Inteligencia artificial y ética en publicaciones científicas


El Dr. Ángel Hernández Merino, editor durante muchos años de la Revista de Pediatría de Atención Primaria un interesante artículo de actualización en relación con un tema de tanto interés como el de la inteligencia artificial (IA) y la ética de las publicaciones científicas. Cabe escudriñar los buenos mensajes de este artículo 

1. Marco normativo y transformación de la edición médica por la IA 

El crecimiento exponencial de la inteligencia artificial (IA) y de los modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM) está transformando de manera radical el ecosistema de la publicación científica. Esta evolución tecnológica posee una importancia estratégica innegable para la optimización de procesos en biomedicina; sin embargo, introduce incertidumbres críticas que exigen la implantación imperiosa de marcos éticos estrictos que garanticen la preservación de la integridad de la literatura médica y la confianza pública en la ciencia. 

La integración de la IA en la redacción y edición científica presenta una complejidad analítica que debe abordarse bajo tres vectores de riesgo fundamentales: 

- Riesgo de veracidad: la capacidad de los modelos generativos para elaborar textos formalmente plausibles conlleva el peligro latente de introducir información errónea, inexacta o carente de fundamentación empírica real. 

- Propensión al sesgo: al nutrirse de grandes volúmenes de datos preexistentes, las herramientas de IA corren el riesgo sistemático de perpetuar y amplificar sesgos implícitos en la literatura previa. 

- Vulneración de la confidencialidad: la introducción no regulada de datos no publicados en plataformas automatizadas expone la propiedad intelectual y los datos sensibles a brechas de privacidad inadmisibles. 

Ante este escenario, organismos y comités de referencia internacional como el Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas (ICMJE), junto con las principales publicaciones médicas del mundo, han establecido la obligación de fijar políticas explícitas y normativas claras que regulen el uso de la IA en la comunicación científica. 

2. Estatus de autoría y requisitos de transparencia para autores 

La atribución de autoría constituye el pilar central sobre el que se asienta la responsabilidad jurídica y ética en la investigación biomédica. Un autor no solo recibe el crédito académico por un hallazgo, sino que asume públicamente la responsabilidad de responder por la integridad, validez y veracidad de la totalidad del trabajo. La irrupción de la IA generativa desafía esta noción tradicional al ser capaz de estructurar contenidos complejos, lo que exige reafirmar los principios éticos fundamentales. 

- Estatus de autoría de la IA. Ningún sistema de IA, modelo de lenguaje o plataforma automatizada puede ser considerado autor o coautor de una publicación científica. Esta exclusión categórica se fundamenta en su incapacidad jurídica y ética para asumir responsabilidades legales, garantizar la autenticidad del contenido o firmar las declaraciones obligatorias sobre conflictos de interés y derechos de propiedad intelectual que la comunidad médica exige a los investigadores humanos. 

- Mandato de transparencia. Los autores que empleen herramientas de IA en cualquier fase del desarrollo de su investigación o en la preparación del manuscrito están estrictamente obligados a declarar su uso de forma explícita y transparente. Esta declaración debe detallar los siguientes aspectos: 1) Herramienta o plataforma utilizada: identificación precisa del software o modelo de inteligencia artificial empleado, incluyendo el desarrollador; 2) Versión específica: registro exacto de la versión utilizada para asegurar la trazabilidad y la reproducibilidad técnica; 3) Propósito concreto: explicación detallada de la finalidad específica con la que se aplicó la herramienta en el estudio o en la elaboración del texto. 

3. Delimitación operativa: usos permitidos vs. sos prohibidos de la IA 

Para salvaguardar la integridad de la literatura médica, es fundamental establecer una clara distinción entre el soporte técnico o lingüístico legítimo y aquellas prácticas fraudulentas que vulneran de forma directa los principios éticos del método científico. El uso de la tecnología debe limitarse a mejorar la claridad de la comunicación sin suplantar el juicio reflexivo ni la autoría intelectual humana. 

- Asistencia lingüística y corrección gramatical. Permitido. Aceptado para mejorar la fluidez y la precisión gramatical de la redacción, siempre que se realice bajo la supervisión humana continua y estricta de los autores. 

- Simulación de datos. Prohibido. Constituye una falta grave contra la integridad científica por manipulación y alteración intencionada de la evidencia empírica. 

- Invención de pacientes o casos clínicos. Prohibido. Práctica inaceptable de fabricación de información médica y generación de evidencia clínica falaz. 

- Redacción automatizada de la sección de Discusión. Prohibido. Suplanta el juicio analítico, la interpretación crítica de los resultados y el pensamiento reflexivo que corresponden en exclusiva a los investigadores. 

- Generación de plagio o fabricación de información. Prohibido. Atenta directamente contra los principios de originalidad, veracidad y autenticidad en los que se fundamenta el conocimiento científico. 

4. Preservación de la confidencialidad en la revisión por pares y gestión editorial 

El proceso de revisión por pares (peer review) y la gestión editorial descansan sobre la confianza mutua y la custodia rigurosa del material sometido a evaluación. Editores y revisores asumen la responsabilidad ética e irrenunciable de proteger la confidencialidad, los derechos de autor y los datos no publicados de los manuscritos que se les confían. Por tanto, queda estrictamente prohibido cargar manuscritos, resúmenes o datos no publicados en plataformas de IA públicas o herramientas no controladas, a fin de evitar la vulneración de los derechos de propiedad intelectual y la divulgación no autorizada de información confidencial a terceros. 

La utilización de herramientas de IA durante la evaluación editorial o el proceso de arbitraje solo será admisible de forma excepcional si se cumplen simultáneamente dos condiciones indispensables: autorización explícita otorgada por los autores del manuscrito y garantía absoluta de un entorno tecnológico controlado que asegure la confidencialidad e inviolabilidad de los datos. 

El estricto cumplimiento de estas salvaguardas durante el arbitraje editorial conduce a una reflexión sobre el rol de la tecnología frente al criterio profesional en la toma de decisiones finales. 

5. La responsabilidad humana ineludible y el futuro de la integridad científica 

Frente al avance del texto generado por IA, se han desarrollado herramientas de detección automática destinadas a identificar contenidos sintetizados por algoritmos. Sin embargo, debido a la rápida evolución tecnológica de estos modelos, los detectores automáticos son insuficientes por sí solos y presentan limitaciones técnicas estructurales. Por ello, la supervisión humana continua resulta insustituible para prevenir el sesgo, el plagio o la fabricación de datos en la literatura médica. 

Como se desprende de las directrices adoptadas por los principales comités y revistas médicas internacionales, la IA debe ser considerada únicamente como un instrumento auxiliar. La responsabilidad ética final, intransferible y última de velar por la validez, veracidad e integridad del conocimiento científico recae exclusivamente en los actores humanos del sistema: 

- Autores: asumen la responsabilidad ética y legal directa sobre la veracidad, originalidad, rigor metodológico e integridad de la totalidad de los datos y conclusiones presentadas en sus trabajos. 

- Revisores: aportan un juicio crítico independiente y fundamentado, custodiando el secreto profesional de la información no publicada sin delegar la evaluación en sistemas automatizados que pongan en riesgo la confidencialidad. 

- Editores: velan con máxima autoridad por la aplicación rigurosa de las políticas éticas y normativas de la publicación, garantizando que solo el conocimiento debidamente verificado y transparente sea incorporado al registro científico oficial.

Todo un camino por recorrer...